La ingratitud, el mal de males.

17 de septiembre de 2008

Por Carlos Martínez.

Es difícil diagnosticar qué tipo de padecimiento es lo que causa la mortandad en un individuo y más si éste último presentaba algún cuadro agudo, es decir, con varias padecimientos a la vez y que alguno de ellos pudo ocasionar la muerte del infortunado.

Pero, a veces, y digo por experiencia, la enfermedad no es el factor principal de un deceso, sino de otros factores cotidianos presentes en la vida diaria y nos resistimos a ver la realidad de los hechos, vamos pues, somos tan egoístas y dudamos de nosotros mismo de lo mucho que podemos hacer.

Una ingratitud, un olvido o una indiferencia pueden matar a una persona tan saludable sin importar la edad; el desprecio o la desfacción de un ser querido a otro, puede ocasionar mucho más daño que un cáncer, diabetes, sida, etc. No hay mal en este mundo que ser un desagradecido e hipócrita con uno o con aquel que te dio la mano.

Por ejemplo, mis abuelos (que biológicamente no los fueron, pero sí de crianza), vivieron esa triste realidad de no ser al menos recordados por sus semejantes directos como sobrinos, ahijados y demás descendencia tanto de sangre como políticos; sólo se acordaban de mis viejos para pedirles auxilio cuando éstos estaban en crisis económica o pedirles el apadrinamiento ya sea de una boda, bautizos, comuniones, confirmaciones, entre otras mamarrachadas.

Lo que más recuerdo de niño y de adolescente, era la pena y tristeza de mi abuelita Socorrito Piña, que todas las noches en sus rezos pedía por sus sobrinos, por la salud de éstos y sus respectivas familias, pero había uno en especial, uno que tal vez fue su ahijado (sí es que este hijo de puta se acuerda o vive), se llamaba Carlos Arzamendi, sí para variar Carlos, qué nombre tan común por Dios bendito…

Resulta que en sus plegarias, mi abuelita pedía por lo menos verlo y saludarlo por última vez antes de que ella falleciera; cada vez que podía, ella -mi abuelita-, me contaba todo lo que hizo por él en sus tiempos de estudiantes de cómo lo apoyó para que el tal Carlitos tuviera por lo menos la primaria y secundaria, sin embargo, éste soporté llegó hasta su etapa profesional y que lo llevó a la Escuela Naval.

Sin embargo, por lo que percibí en esas anécdotas pude denotar que esta persona nunca tuvo la delicadeza de visitar a su madrina estando en aquella institución militar, es más, recuerdo que nunca hubo una invitación para la familia Garay Piña para la ceremonia de Graduación en la que estuvo presente el Presidente de nuestro país en ese tiempo el Lic. Luis Echeverría Álvarez.

Por comentarios entre los adultos –yo tenía como siete u ocho años-, decían que el famoso Carlitos Arzamendi contrajo nupcias con Rosa de Lima, quien fuera una de las conocidas de mi abuelo Emilio Garay por su trabajo como Agente de Seguros en Pan-América de México, y que solamente una vez tuvo la delicadeza de llamarles por teléfono y decirles que tenían ya un buen de casados.

Mi abuela, siempre tuvo la esperanza de que el Cabo, Marino, capitán o sepa Dios con que cargo salió Carlitos Arizmendi de le Escuela Naval fuera a visitarla por lo menos antes de que elle falleciera, sin embargo, ella recibió por correo y no sé de quién una foto de su amado ahijado con el uniforme de gala de la Armada de México, imagen que la colocó en la parte interna de la puerta de su ropero.

El asunto es que esta tristeza que llevaba el alma de mi abuela porque este cabrón jamás la visitó ni le mando un correo tradicional o una llamada telefónica, le fue acelerando complicaciones en su salud, tales como la hipertensión arterial, azúcar, colesterol y sobre todo la ceguera que era más notoria y progresiva.

Antes de que falleciera mi abuela en los comienzo de los noventa, conjuntamente con mi abuelo Emilio se les ocurrió la idea de que yo fuera estudiante de la Heroica Escuela Naval, sin embargo, ya apenas estaba cursando la Secundaria y yo sabía de antemano que no daba el ancho para estar en una institución de enorme envergadura y que desde muchos años mi convicción no era ser militar sino alguien común y corriente.

Recuerdo que en las últimas días en que mi abuela estaba cuerda, repetía el nombre de Carlos Arzamendi, era tantas veces como el rezar el sagrado rosario en una defunción, y dejó de hacerlo cuando comenzó a fallarle la memoria y que generó una cadena de comportamientos extraños que nos orillaron como familia a internarla en el Sanatorio San Francisco y posteriormente en el Hospital General.

Esa semana, su última de existencia, solamente los únicos que estaban afuera del área de terapia Intensiva era mi mamá mi Tía María Salome, Mi Tía Florinda y yo; podría asegurar que tomamos el rol de familiares directos, porque su verdadera familia jamás se presentaron hasta el sábado en la mañana, tiempo en que mi abuelita dejó de existir.

En ese momento, fue cuando todos los PIÑAS RODRÍGUEZ se aparecieron como hormigas y lo más triste que todo mundo comenzó a murmurar sobre el quién sería el sobrino con mayor fortuna de heredar los bienes de mi abuela. Es difícil de creerlo, pero mi mamá y yo fuimos testigos de cada una frase emanada de los labios de estas arpías.

Mi abuelo Emilio en ese entonces fuerte como el roble y duro como el hierro, se aparecía en ratos al nosocomio, y recuerdo que una vez le reclamé el porqué abandonó a mi abuela, porqué la dejó morir, porqué la sacó de un hospital privado y la llevó a un público, la respuesta fue clara y concisa, él no quería que lo viera triste o decaído sino más bien firme y recto en sus decisiones.
Pero recuerdo bien ese sábado triste que lo abracé y llorando le dije “Dios es un mentiroso no ayudo a mi abuela” y el solo me dijo “¡calla! ella ya dejó de sufrir”. Fue lo más sabio de un hombre de 70 años que me había dicho, y no lo entendí hasta tiempo después cuando él se fue y me dejó solo en esta tierra.

Esa noche, al acudir a la recamara de mi abuela –espacio que utiliza hoy mi mamá-, revisé cada una de sus cosas, observé cada objeto en su ropero que yo le diseñé, para que ella pudiera identificarlo con sus manos -ya que ella no veía por la ceguera inexplicable de sus ojos-; todo toqué hasta llegar al famoso cuadro de Carlitos Arzamendi, ese, cuya personalidad no se acordó de su madrina y que por más de 30 años ésta lo esperó en su cuarto para darle quizás, la bendición.

Agarre el cuadro, lo abrí y rompí la foto en decenas de cachitos. Nadie lo supo ni mi abuelo ni mi mamá. Pero fui rompiendo cada parte de esa fotografía desde el gorro con la aguilita dorada, hasta cada uno de los componentes del rostro y todas las insignias navales.
Sin temor a decirlo fue satisfactorio para mí; destruí el mal que consumió a mi abuela, la tristeza de no saber qué le paso a su adorado ahijado, en pocas palabras la ingratitud y olvido de un marinerito que seguramente hoy goza de los beneficios del Gobierno, un gobierno que premia a inútiles y que nunca pelearon para la patria, pues México es un país sereno no bélico; vemos hoy como la Sedena, la FAM, Semar, AFI, PGR, son derrotados cada día por el narcotráfico.

Digo y seguiré diciendo, el peor mal es el que un mismo ser le hace al otro a través de la ingratitud o el aprovecharse del prójimo para saciar sus propios intereses.
Gracias Carlos, por compartir esto con nosotros.

5 Miembros de la Tropa Pensaron:

Rodcaf-X dijo...

Ni más, ni menos, justo en el clavo con el ultimo parrafo del post.

Saludos.

aLeBri G dijo...

a mi la verdad este mensaje me hizo reflexionar mucho sobre las situaciones, que uno generalmente no toma en cuenta para con los suyos en mi caso con mi madre, a pesar de ser una familia nada unida, e independiente uno de otro, la extraño.

cuando me preguntan y este 10 de mayo no iras a ver a tu mama?
-Que le voy a ver si ya la conosco- respondo, se que he sido un ingrato, me acuso de ser un mail hijo pero no me escudo en el ambiente en el que me desarrollé, sin mas procurare no me suceda ni provoque lo que provocó el arizmendi a la abuela de Carlos,

Gracias nuevamente por sacudirnos de esta manera

malhechecito dijo...

Uy hijo, la verdad esta cabron, me llego mucho porque lo mismo paso con mi abuelo, aunque aqui no habia herencias pues somos gente jodida, pero en fin, todos los padres, abuelos y padrinos perdonan, los que estamos fuera del ruedo somos los que vemos mejor lo que pasa.
Gracias por visitarme, un saludo y nos seguimos leyendo.
Bye

Bort dijo...

Que onda, chido por pasarte allá por la cuna, saludos, estoy leyendo por aca... saludos!

Anónimo dijo...

Gracias a todos por sus comentarios.

En especial a Goyo, por darme la oportunidad de publicar en primera plana mis columnas.

Espero que les gusten y dejéme sus opiones y criticas.

Estoy para servirles.

Atte.
Carlos